Comencé este 2026 con ganas, con ilusión… con ese impulso que traen los nuevos comienzos. Pero enero tenía otros planes.
Después de esquivar milagrosamente los virus de las fiestas, como si llevara capa de superheroína, terminé cayendo en algo: ¿un resfriado?, ¿una gripe?, ¿un virus cualquiera? No lo sé, pero me encontró. Y cuando la gripe me encuentra a mí, con las defensas justitas, suele dejarme KO durante semanas.
El cuerpo avisa... y hay que escucharlo
Creí que estaba mejorando, pero empecé a sentir dolores musculares fuertes. Fui a urgencias. No supieron decirme qué tenía. Como ya he aprendido con el Sjögren, llevé mi lista mental de síntomas. Me he vuelto muy observadora con mi cuerpo. Sé cuándo algo no va bien, y esta vez no lo estaba.
En urgencias notaron que tenía la glándula parótida un poco inflamada, pero me mandaron a casa con paracetamol e ibuprofeno. “Será un virus”, me dijeron.
Pero no. Dos días después, el dolor era insoportable. Sentía presión, fiebre, y una molestia tan intensa en la parótida que sabía que algo estaba bloqueado. No era solo inflamación: algo estaba atrapado ahí dentro, y no quería salir.
Ingreso y diagnóstico
Volví al hospital. Esta vez, al ver la inflamación, me ingresaron. Me hicieron ecografía y tomografía con contraste. Me retiraron la comida (solo líquidos), me pusieron suero, y pasé la noche en boxes. ¿Mi cena? Un zumo de manzana. El dolor no me dejaba ni dormir, así que pedí que me repitieran el paracetamol por vía.
A la mañana siguiente, en bata y silla de ruedas, me llevaron al otorrino. Mi cara era un poema: sin dormir, la vía puesta y la glándula hinchada como nunca.
Me enseñaron la imagen: una tomografía de la parótida derecha, totalmente inflamada.
(📸 Aquí la foto).
La otorrino buscó dónde pinchar para drenar. Pero antes, la anestesia dolió mucho igual, como siempre. Esos primeros pinchazos dolieron. Luego, con una aguja más gruesa, extrajo muestra para análisis y drenó un poco de líquido para aliviar la presión.
Entre sueros, antibióticos y paciencia
Regresé a la cama. Ya podía comer “de todo”, pero el dolor me quitaba el apetito. Me pasaron a una habitación porque iba a pasar otra noche. Esa vez sí empezaron con antibióticos por vía.
Al día siguiente me volvió a ver la otorrino. Esta vez mi marido pudo entrar conmigo. El dolor había cedido un poco, pero seguía la hinchazón. Me volvieron a anestesiar para intentar drenar más, y esta vez me dieron el alta con tratamiento en casa: antibiótico oral y prednisona.
Los primeros días fueron duros. No podía masticar, y los medicamentos eran muy fuertes. Pero me cuidé (y me cuidaron). Poco a poco, empecé a comer algo sólido. Parecía que la infección no cedía, pero al final de la primera tanda de antibióticos, empecé a notar mejoría.
Una semana después volví a consulta. La inflamación seguía ahí, así que me recetaron un antibiótico específico para la bacteria que habían detectado: Streptococcus pneumoniae. Hoy sigo con ese tratamiento.
La otorrino me explico que los quistes de la glándula, a veces tapan los conductos , que esta vez se había podido drenar, pero a veces hace falta hacer una operación para quitarlos si dan este tipo de infección muy seguido. Pero supongo que depende de cada paciente, que esto suceda seguido o no.
¿Y ahora qué?
En dos días me verá mi médico de cabecera. Espero que me confirme que ya estoy recuperada del todo.
Conté esta experiencia porque sé que no soy la única. Tal vez a ti también te ha pasado algo parecido. ¿Cómo lo viviste tú? ¿Te ocurrió algo con la parótida o con una infección relacionada al Sjögren? Me encantaría leerte en los comentarios.
Esta enfermedad no deja de sorprenderme… y de enseñarme.
Gracias por leerme 💙
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